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Jorge Luis Borges Center at The University of Pittsburgh

Borges Studies Online

  

 

En enero de 1937, poco despu és de la muerte de Unamuno, Borges publicaba en Sur la reflexión siguiente: "No muere un escritor sin la discusión inmediata de dos problemas subalternos: el de conjeturar (o predecir) qu é parte quedará de su obra, el de prever el fallo irrevocable de la misteriosa posteridad. El segundo es falso, porque no hay tal posteridad judicial, dedicada a emitir fallos irrevocables. El primero es generoso, ya que postula la inmortalidad de unas páginas, más allá de los hechos y del hombre que las causaron; pero tambi én es ruin, porque parece husmear corrupciones"  ("Inmortalidad de Unamuno").

El autor de esas estoicas líneas no podía predecir que, más de trece años despu és de su propia muerte, el problema que quedaría por resolver en su caso no sería el del fallo de la posteridad, sino el otro, mucho más prosaico, de la simple identificación y edición de sus obras. Tal vez el tiempo ya haya madurado para plantearse ese problema como problema, dada la imposibilidad actual de orientarse en la maraña de ediciones, recuperaciones y proyectos, que dan el espectáculo desolador de un desbarajuste concebido por un bibliotecario demente.

Por supuesto, la cuestión que vamos a abordar es gratuita, utópica, soñadora, irrealista. Incompleta además; parcial sin duda. Su intención es la de abrir el debate, esperando que alguna vez, gracias a una toma de conciencia serena llevada a cabo por lectores y acad émicos, Borges salga finalmente del infierno.

La ocasión de la aparición de varias ediciones -si no completas, al menos terminadas- en otras lenguas, nos da estribo para mirar desde un poco más arriba el problema. Se trata de responder a dos preguntas simples: a) qu é publicar; b) cómo publicar. Ambas, por supuesto, contienen cuestiones subalternas.

Qu é publicar

Todo. Es decir, todo lo que se considera escrito de Borges como autor. Aquí entra el delicado problema de los derechos del autor sobre su propia obra. Pensamos que son de tres clases, con diversos niveles de exigencia.

Están, en primer lugar, los derechos comerciales. Durante su vida, el autor tiene un control "físico" de su obra y puede impedir, como lo hizo Borges, la reedición de un libro. A su muerte, desaparece esa tutela directa y aparecen las complicaciones ligadas a las últimas voluntades. Sin embargo, quien hereda los derechos carece de al menos uno de los privilegios del autor: el de crear nuevos escritos. La violación de ese principio de Perogrullo tiene ya tristes precedentes en la historia del pensamiento.

Queda entonces, en segundo lugar, el derecho moral de un autor sobre su obra. Ese es el punto más cuestionable. Un autor puede impedir la reedición de un libro, pero no puede decidir que un libro publicado no lo haya sido. Es casi un problema ontológico Puede, además, menospreciar el valor de alg ún escrito de juventud, pero en eso su autoridad no vale más que la de cualquiera de sus lectores. O, para decirlo con las palabras de Tommaso Scarano, autor de uno de los libros más autorizados sobre las ediciones de Borges: "non riesco a trovare ragioni plausibili per non portare alla ‘prima volontà’ ufficiale de l’autore esattamente lo stesso rispetto che si suole portare all’’ultima’". Por lo tanto, si de forma póstuma se publican las obras completas de Borges, la primera acepción del t érmino debe comprender "todo lo ya publicado", independientemente del veredicto del autor.

En tercer lugar, está algo así como un derecho espiritual, que hace que, en ausencia del autor, uno se pregunte cuál hubiera podido ser su reacción en un caso análogo. Este criterio es útil cuando se trata de recuperar in éditos. La urbanidad se orienta en ese caso a hacerse la pregunta: ¿Le hubiera gustado a Borges que se publique tal texto todavía in édito? ¿Los cajones de su escritorio pertenecen a la posteridad o al olvido? Sobre esto, pensamos que Borges ha dejado su pensamiento muy claramente expresado. Reflexionando sobre la publicación de las obras de Kafka por Max Brod a pesar de "la prohibición expresa del muerto", Borges concluye: "A esa inteligente desobediencia debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo". Y como temiendo no ser suficientemente explícito, añade una nota a propósito de Virgilio: "Ya inmediata la muerte, Virgilio encomendó a sus amigos la destrucción de su inconclusa Eneida, que no sin misterio cesa con las palabras Fugit indignata sub umbras. Los amigos desobedecieron, lo mismo haría Max Brod. En ambos casos acataron la voluntad secreta del muerto. Si éste hubiera querido destruir su obra, lo habría hecho personalmente; encargó a otros que lo hicieran para desligarse de una responsabilidad, no para que ejecutaran su orden. Kafka, por otra parte, hubiera deseado escribir una obra venturosa y serena, no la uniforme serie de pesadillas que su sinceridad le dictó." ("Franz Kafka: La Metamorfosis". Prólogo con un prólogo de prólogos. OC 4: 97).

Todos estos criterios deben ser matizados, por supuesto, en uno y otro sentido, por la contingencia especial de la ceguera de Borges durante casi la mitad de su vida. Si por un lado le era imposible destruir huellas de lo que no veía, le era igualmente imposible constatar de visu lo que se publicaba bajo su nombre.

Precisemos lo que puede entenderse por ese "todo" publicable. La noción incluye, por supuesto, la totalidad de lo ya publicado: libros, cuentos, poemas, artículos, manifiestos, solicitadas, notas, etc. Pero excluye, nos parece, los falsos libros compuestos con aut énticos (o más o menos aut énticos) textos de Borges. Por sugerentes que puedan parecer títulos como Textos cautivos, Textos recobrados, Biblioteca personal, etc. no corresponden a obras de Borges, sino a antologías póstumas realizadas con más o menos rigor y exhaustividad. Todo lo que esos libros contienen de Borges debería ser allanado y pasar, en un primer tiempo, a formar parte de la base temática y cronológica que configurará luego, esta vez en forma exhaustiva y ordenada, los complementos de las obras publicadas como tales. Esta breve observación pone ya en tela de juicio la existencia del actual cuarto volumen de las Obras Completas de Emec é.

Tal vez convenga recordar que cuando Borges muere, sus Obras Completas comportan un solo volumen (correspondiente a los dos primeros actuales), seguido de otro consagrado a las Obras Completas en Colaboración.  Despu és de esa primera recopilación, a cargo de Carlos V. Frías en 1974, Borges ha seguido escribiendo obras admirables, en volumen y sueltas. Pero no constituyó él mismo un nuevo volumen de sus Obras Completas.

En cambio, desde al menos 1983, participó con entusiasmo en el proyecto de obras completas en franc és para las ediciones de La Pl éiade, el cual, curiosamente difiere en forma substancial del proyecto que aparece hoy como el oficial. Los deseos de Borges para esa nueva edición, recogidos por Jean-Pierre Bern ès, pueden resumirse en cinco puntos: 1) no desarmar los libros publicados por Borges, 2) seguir un orden cronológico, 3) no incorporar las Obras Completas en colaboración, 4) incorporar una sección de textos no recogidos en libros, 5) corregir las traducciones existentes.

Las dos primeras consignas, que parecen imponerse por sí mismas, no han sido seguidas, sin embargo, por la flamante edición inglesa de Penguin Putnam, que separa, en tres vol úmenes Collected Fictions, Selected Non-Fictions, y Selected Poems. Dejando de lado la confesada incompletez de los dos últimos vol úmenes, la idea de lectura por g éneros tendría sus ventajas, si no fuera que la división entre Fictions y Non-Fictions, es, en el caso de Borges, generalmente impertinente.

La segunda consigna tampoco es seguida por las ediciones Emec é. O la siguen con truco: a partir del cuarto volumen crean la ficción editorial seg ún la cual Borges seguiría publicando libros, con textos de sus primeros años. Así, Textos cautivos, una no pretenciosa antología de Sacerio-Garí y Rodríguez Monegal, publicada dos meses despu és de la muerte de Borges, se incorpora macabramente en el orden cronológico como un libro en sí, posterior a Los Conjurados, a pesar de contener textos anteriores a 1940.

La tercera consigna no ha sido seguida por la edición alemana en veinte vol úmenes de bolsillo publicada por Fischer Verlag. Esta edición, aunque fatalmente incompleta y lamentablemente acicalada a veces con títulos fantasiosos que impiden conjeturar el contenido, trata de seguir un orden cronológico estricto, pero incorporando algunos libros compuestos en colaboración. El entredicho de Borges de incluir en las Obras Completas las obras en colaboración procede sin duda de un sentimiento de modestia y de respeto por ciertas personas a quienes homenajeó con una atribución autorial más galante que legítima. Pi énsese, por ejemplo en Leopoldo Lugones (1965), firmado por Borges y Betina Edelberg, pero escrito totalmente en primera persona del singular... (El caso de "La hermana de Eloísa", firmado por Borges y Luisa M. Levinson sería un ejemplo del caso contrario, en el que Borges no presta el texto sino la firma). Si además se tiene en cuenta el valor creciente que van adquiriendo los libros de Bustos Domecq y Suárez Lynch, consideramos que no sólo es injusto excluir esos libros, sino que además, su ausencia de las obras completas da una falsísima idea de la producción literaria de Borges. Sin contar que, siguiendo esos criterios, Atlas, aparecido en 1984 como libro en colaboración con M. Kodama, debería desaparecer de las Obras Completas.

La cuarta condición ha sido seguida, con comprensibles limitaciones, por la edición francesa de La Pl éiade. Los dos vol úmenes re únen por orden cronológico, respectivamente, las obras hasta 1952 y desde 1960. En el primer volumen aparecen las obras canónicas desde Fervor hasta Otras Inquisiciones, y quedan excluidos, sin duda por exceso de influencia directa del poeta, los libros proscritos: Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928). Sin embargo, una larguísima sección de más de 400 páginas, destinada a artículos no aparecidos en volumen ("Articles non recueillis") completa ambos tomos, esta vez sin estricto orden cronológico. De los tres libros mencionados retoma 24 títulos sobre 73, es decir, menos de un tercio. Si esta carencia se puede explicar por la influencia de Borges, resulta menos explicable el hecho de que para los textos publicados en El hogar, La Pl éiade se limite a repetir el elenco de Textos cautivos, que omite (si cotejamos con las bibliografías de Helft y de Louis) 88 títulos, o al menos 83, en caso de excluir las traducciones. 

La quinta condición parece no concernir la edición en lengua original. Borges quería que se revieran, en franc és, las antiguas traducciones. El editor afirma haberlo hecho, pero con un resultado desigual, si juzgamos por la obstinada presencia de ciertas aberraciones, como la del "rancho" del memorioso Funes, que en la traducción francesa de Verdevoye, corregida por Bern ès, se convierte en un ranch, es decir, en una estancia... Esta consigna de corrección puede adaptarse a la edición en castellano, pero eso constituye ya una condición cualitativa, que consideraremos en el punto siguiente.

Entonces ¿qu é publicar? La Bibliografía completa, de Nicolás Helft –otra obra de la que no se puede prescindir en un proyecto de esta índole- registra más de 2700 textos publicados por Borges. Pensamos que esa debe ser la base. Dejar como vol úmenes sólo los publicados por Borges como tales (incluyendo los tres proscriptos) e incorporar todo el resto como complemento. Con respecto a los vol úmenes, pocos son los que presentan posibilidad de controversia. Por ejemplo, ¿cómo incorporar los cuatro cuentos que componen la sección La memoria de Shakespeare en las Obras Completas y que nunca existió como volumen separado? ¿Devolver dos de ellos a Rosa y Azul (1977), libro excluido del recuento final? ¿Reproducir los cuatro como cuentos sueltos? ¿Consagrar la sección como volumen virtual? Lo que está en juego no es de gran envergadura. En cambio sí es imprescindible incorporar las obras realizadas en colaboración. No deja de ser llamativo el hecho de que el catálogo de la Library of Congress, en la entrada "Borges, Jorge Luis" señala la oportunidad de buscar igualmente "Suárez Lynch, B." y "Bustos Domecq, H." ¿Publicar la correspondencia? Sí, al menos la correspondencia "de autor". ¿Las traducciones que hizo Borges? Sería absurdo publicar libros enteros, pero nos parecería recomendable el incorporar al menos aquellas que aparecieron en revistas con el texto original adjunto. Sabemos del valor "autorial" que Borges atribuía al arte de traducir.

Con respecto a los libros canónicos, su simple publicación en el estado actual no puede bastar de ninguna manera. Pi énsese, por ejemplo, en el caso de los tres primeros libros de poemas. Comparando su estado actual con su respectiva primera edición, Tommaso Scarano destaca que sólo quedan 1200 versos sobre los casi 2000 originales. Si se admite el principio de la igualdad de respeto debido al primero y al último Borges, quedan por recuperar 800 versos de esos solos libros. La forma posible de integrarlos en la edición de las Obras Completas será abordada más adelante.

Finalmente, ¿qu é hacer con los textos de atribución dudosa? No hablemos del falso poema "Instantes" ("Si volviera a vivir...), fraguado a partir de una prosa del caricaturista americano Don Herold, "I’d Pick More Daisies", The Reader’s Digest, octubre de 1953. Elena Poniatowska en Todo M éxico (p. 144-145) pone en escena una entrevista con Borges en la que el poeta reconocería ese mamotreto como suyo. Preferimos dejar ese hecho sin comentario. María Kodama, en cambio, lo atribuye, con irritación y sin acierto a Nadine Stair, siguiendo en esto la tendencia de ciertas publicaciones geriátricas americanas. Todo esto lleva a ser prudentes al menos en una cosa: nadie puede asegurar que Don Herold no haya retomado el texto de otra fuente; pero al menos es seguro que en 1953 lo publicó bajo su propia firma. El caso Saulí Lostal puede igualmente considerarse superado, gracias especialmente a los estudios de Silvia Saítta. Quedan los enigmas suscitados por las publicaciones anónimas o seudónimas del suplemento de Crítica. El trabajo de conjeturar la posible autoría de Borges no es para nada imposible. Basta encontrar reunidos en una persona o en un equipo las dotes siguientes: larga experiencia de frecuentación profesional de los escritos y del estilo de Borges, fino arte de la abducción literaria, acceso a una amplísima información sobre las costumbres editoriales del momento y de la revista. Sólo así podrá olvidarse el bochornoso libro publicado por Atlántida y recientemente clonado y rebautizado por la misma editorial, en el que aparecen criterios de decisión como el que a continuación resumimos (la extensión original es de 3 páginas):   ¿Por qu é Benjamín Beltrán es un seudónimo de Borges? Benjamín Otálora es el protagonista de "El muerto". Pero hay otro Otálora, Javier, que protagoniza "Ulrica". Benjamín denota, seg ún la Real Academia, "hijo menor y más querido". Benjamín Beltrán es, pues, el menor de los Beltrán. Pero ¿qui én es "Beltrán"? Otro desvío es necesario. En la genealogía del conquistador Irala figura un parentesco entre las familias Haedo y Otálora. Irala, por su parte, tuvo una hija, doña úrsula, que se casó con un Ponce de León. Los Ponce de León están emparentados con la familia de Guillermo de Poitiers, primero de los trovadores y abuelo de Leonor de Aquitania. La corte de esta reina fue frecuentada por el trovador Bernard de Ventadour. Además, hubo otro trovador, Bertrand de Born, al que Dante ubica en el infierno junto a Mahoma, entre los causantes de escándalo y cisma. Ergo: "Si aceptamos esta posible connotación de Bertrand, el Benjamín Beltrán de Crítica sería el último de los trovadores que cantaron a la aventura y al coraje desplegado en las batallas". Es decir: Borges.

Cómo publicar

Ante todo, parece urgente seguir la quinta consigna de Borges, la cual, traducida al proyecto de publicación del original, corresponde a la máxima del cuidado meticuloso del texto. La confusión de errores de tipógrafo con intenciones del autor puede llevar –y ha llevado- muy lejos. Por ejemplo, en una de las dos primeras variantes de las "leyes del policial", aparece, en vez de "el pudor de la muerte", "el pudor de la muerta". Como ley de un g énero literario, la expresión parece, por lo menos, curiosa; y sin embargo, hay quien lucha por "respetar el original" (un reciente manuscrito enviado a Variaciones Borges retoma literalmente esta ley y la analiza sin un dejo de sorna). Otro error frecuente, advertido por Scarano, es el de la mala distribución de versos, especialmente en Luna de enfrente. Ese libro, rico en poemas de versos largos, exige con frecuencia el paso a la línea siguiente para completar el verso. El resultado es que, de una edición a otra, alg ún alínea accidental se ha convertido en verso aparte.

Cada vez que un lector avisado se detiene a estudiar la edición de una obra de Borges –como lo hizo recientemente M. Abadi a propósito de Siete Noches (Variaciones Borges 8, 1999)- lo que se advierte es el supremo descuido que ha guiado constantemente la edición de nuestro más ilustre escritor.
El restablecimiento de un texto "limpio" es una tarea más difícil de la que se piensa. Seg ún Scarano, en la edición de la primera poesía de Borges, no ha habido una serie ininterrumpida de correcciones de imprenta, sino que en alg ún momento se ha deslizado un nuevo "dactiloscrito". Concretamente, a partir de la respectiva edición del 69, Fervor, Luna y Cuaderno habrían dejado de apoyarse en la edición inmediatamente anterior para basarse en un nuevo original.

Todo esto recuerda, a quien lo hubiere olvidado, que Borges es un apasionado de la reescritura, y que a los versos que amaba, les iba haciendo sufrir una evolución que es, en ella misma, puesta en sincronía, un nuevo texto. V éase, por ejemplo, la variación que ha sufrido el incipit del poema "La Recoleta", entre 1923 y 1969:

1923:

Convencidos de caducidad

vueltos un poco irreales por el morir altivado en tanto sepulcro

irrealizados por tanta grave incertidumbre de muerte,

nos demoramos en las veredas

que apartan los panteones enfilados

cuya vanilocuencia

hecha de mármol, de rectitud y sombra interior

equivale a sentencias axiomáticas y severas

de Manrique o de Fray Luis de Granada.

 

1969:

Convencidos de caducidad

por tantas nobles certidumbres del polvo,

nos demoramos y bajamos la voz

entre las lentas filas de panteones,

cuya retórica de sombra y de mármol

promete o prefigura la deseable

dignidad de estar muerto.

 

¿Cómo elegir una de las versiones? ¿Qu é Borges sacrificar? Borges, cantor de la lógica del "and yet", no renegaría de la siguiente fórmula del segundo Wittgenstein: "Desde la época en que volví a retomar la filosofía, hace diecis éis años, me ha sido necesario reconocer graves errores en lo que había publicado anteriormente. Pero he aquí que hace cuatro años tuve ocasión de releer mi primer libro y de explicar sus pensamientos. De golpe me pareció que esos antiguos pensamientos deberían ser publicados junto con los nuevos: que éstos no podían encontrar su luz propia más que sobre el fondo de mi antigua forma de pensar." (Vorwort, Philosophische Untersuchungen).

Un tal sistema de publicación, en el caso de Borges, es más difícil de proponer que de imaginar. Pensamos, sin embargo, que el esfuerzo titánico realizado por J.-P. Bern ès para la edición de La Pl éiade merece al menos que se lo tome como punto de referencia para ver qu é se puede hacer. Los textos de Borges aparecen en la primera parte de cada volumen, sin nota ni comentario, permitiendo así una lectio continua del corpus borgesiano. En cambio, casi 800 páginas, distribuidas al final de cada volumen de La Pl éiade, están consagradas a "Notas y variantes". En el caso de "La Recoleta" Bern ès da, por ejemplo, en "Notas y variantes", el texto completo de la primera versión. Pero eso no es todo. Dentro del corpus, como ap éndice a cada libro canónico, viene presentado un "Al margen de..." que comporta no sólo lo que Borges ha ido expurgando, sino lo que por diferentes razones ha sido escrito en la misma época sin ser incorporado a ning ún volumen. Así "Al margen de Fervor de Buenos Aires" comporta no sólo 13 poemas reunidos bajo el título de Ritmos rojos, sino además, una segunda sección, compuesta de 11 poemas, bajo el título "Esbozo de Fervor de Buenos Aires y poemas no retomados en la versión definitiva".

Como si esto fuera poco, la edición de Bern ès ofrece igualmente, cada vez que se hace necesario, una comparación con la versión "pre-original", es decir, la previa a la entrada de un texto dentro de un volumen. Si el m étodo puede ser aplicado hasta el final en forma coherente, pensamos que sería la mejor manera de proceder. Lamentablemente, en el caso de Bern ès, hay momentos en que, dentro de un comentario suyo –que el lector podría juzgar prescindible– transcribe por única vez alg ún texto de Borges que no aparece en ninguna otra parte. Ese efecto demasiado conversado que tienen las notas, aunque no deja de tener su encanto, contribuye a veces a ahogar textos de grandísima importancia.

En resumen: siguiendo los mejores ejemplos, la edición crítica de las obras completas debería comportar un corpus continuo y una parte consagrada a notas y variantes. Dentro del corpus continuo, la primera parte debería estar consagrada a los libros canónicos y la segunda, a los "textos no recogidos" correspondientes a la misma época. Por último, al final de cada libro canónico, debería figurar la correspondiente sección "Al margen de", con todos los textos excluidos de las diferentes ediciones.

Por supuesto, este principio no resuelve el caso de textos desplazados o repetidos. Borges ha tenido la necesidad de dar forma po ética no sólo a los poemas sino a los vol úmenes, y eso lo ha llevado a pedir prestado a libros anteriores ciertos poemas que, como el Quijote de Menard, adquirían nuevas connotaciones en sus nuevos contextos editoriales. Carlos Meneses ha mostrado el mismo dispositivo aplicado a poemas que prestan sus versos a otros poemas. Todo esto debe ser repensado a la luz del fenómeno de la reescritura como típico procedimiento borgesiano de creación, al que Michel Lafon consagra un meduloso estudio.

En los textos de prosa, el fenómeno de redundancia es menos frecuente, sobre todo porque la mayoría de los cuentos y ensayos han tenido su existencia propia antes de entrar a configurar un volumen. Sin embargo, todos conocen el caso de "Sentirse en muerte", que Borges repite, reflexionando incluso sobre su repetición. O el caso de "Historia de los dos reyes y de los dos laberintos", que aparece contada tres veces, pero con un juego tan cambiante de notas y referencias, que la desaparición de cualquiera de las versiones rompería el hilo de una historia de complicidades y de ecos que se desarrolla a lo largo de toda la obra de Borges.

Quedan por tratar tres aspectos importantes del aparato crítico: las introducciones, las notas y los ap éndices.

Pensamos que las introducciones a cada libro deberían ser atribuidas a eminentes especialistas, como fue el caso en la mayoría de los tomos sueltos editados por Globo para la versión brasileña (que, lamentablemente, desaparecieron de la recopilación en obras completas); pero añadiendo, como lo hace La Pl éiade, una historia de la redacción o de las versiones y variantes. De más está decir que un proyecto de esta índole debería ser internacional y repartirse en equipos de especialistas. Hay en este momento centros importantes que podrían distribuirse la tarea de preparar la edición de los diferentes libros. Buenos Aires, Pisa, Grenoble, Iowa, Aarhus, Paris, Londres, Sâo Paulo, Pittsburgh, Western Ontario, Oxford entre otros, representan virtuales n úcleos de sectorización del proyecto.

En cuanto a las notas, deberían tener un triple contenido: puntualización de mínimas variantes, aportes de enciclopedia necesarios para la comprensión del texto (el Sitz im Leben de los exegetas bíblicos), comentarios del propio Borges sobre el texto en cuestión (principalmente en entrevistas autorizadas).

Los ap éndices deberían contener un panorama completo de los textos de Borges (como un resumen de la Bibliografía de Helft) y un índice analítico de nombres propios, que podría ser una combinación completada de los diccionarios de Balderston y de Fishburn & Hughes, es decir que sirviera a la vez de índex y de enciclopedia.

Dicho aporte enciclop édico debería ser mucho más considerable en la edición de las obras publicadas bajo los seudónimos de H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch. Anotar esos libros se hace tanto más urgente cuanto las personas cuya experiencia es solicitada por la lectura (quienes recuerdan los detalles de la vida en Argentina de los años 40 y 50) no siempre estarán al alcance de la mano.

Finalmente, como editores de una revista especializada, pensamos que, sin caer en una sacralización de la letra, algo se podría hacer para establecer un sistema rápido de referencias, tal vez numerando discretamente los párrafos y proponiendo una sigla (igualmente discreta) para cada texto. Este procedimiento, ya usado en proyectos de obras de otros autores, permite referirse a un texto particular con toda precisión, sin necesidad de canonizar por la misma razón una edición única.

Conclusión que hubiera podido servir de prólogo

El tono de estas páginas ha sido voluntariamente apodíctico, pero quisi éramos dejar en claro dos cosas importantes. En primer lugar, lo que aparece aquí como normas dictadas ex catedra  por especialistas (cosa que no somos) pide ser leído como un simple voto piadoso de lectores asiduos, perdidos en la maraña de las ediciones actuales de las obras de Borges. Es muy posible que en las páginas que preceden se hayan deslizado más errores que los que pretendemos criticar. Suele suceder.

En segundo lugar, cabe recordar que el destinatario primero de una edición ideal de las Obras Completas de Borges no es el investigador sino el lector hedónico. Un exceso de aparato crítico presentaría tres dificultades mayores: elevar el costo de una obra literaria esencial, estorbar la lectura lineal, y sobre todo allanar, mediante un exceso de información, los efectos de conjetura y de sorpresa que parecen inherentes a la lectura activa de Borges.

Tal vez por esa razón se podría concebir una forma de editar que permita separar lo grueso del aparato crítico en vol úmenes prescindibles. Podría pensarse, por ejemplo, en una única edición con dos opciones de venta: una, total y otra,  "light" (o "de lectura", comportando sólo los vol úmenes de texto).

Podemos llevar la utopía un poco más allá. Lo que se trata de evitar es el contrasentido que hace que los lectores del próximo fin de siglo (cuando hayan caducado los derechos de autor) tendrán más chances de leer al verdadero Borges que los que lo conocieron personalmente. Ese absurdo puede ser obviado mediante medidas políticas. Podemos recordar la loi de dation, adoptada por el gobierno franc és en 1968, que permite que los impuestos de sucesión de los artistas sean pagados en obras de arte, y que dio como primer resultado el magnífico museo Picasso de Paris. Una medida análoga podría pensarse en Argentina, aplicable, al menos, al caso de Borges. Considerando las obras de Borges como un patrimonio colectivo, el gobierno tiene en sus manos la posibilidad de devolver los escritos del poeta a la comunidad de lectores. Le bastaría con adquirir, a su justo precio, los derechos de autor, por ahora detenidos por los legítimos herederos. Una vez liberados los textos, un grupo de cátedras universitarias, o alg ún centro de investigación especialmente creado, por ejemplo dentro del Conicet, podría emprender la distribución del trabajo de edición entre los estudiosos del mundo entero.

Mientras tanto, sólo nos queda la posibilidad de continuar el debate sobre la edición ideal. Tal vez para ganar tiempo. Tal vez para pasar el tiempo. Alguna revista especializada podría igualmente tener la jubilosa y descabellada idea de publicar, libro por libro, las obras completas de Borges sin el texto de Borges... Es decir, tomar un volumen tras otro, y presentar los correspondientes glosarios, correcciones, variantes, ap éndices y comentarios, eludiendo sólo, por razones de copyright, el texto original, que seguiría siendo accesible en las ediciones autorizadas. Sería algo así como una publicación en bajorrelieve, o como una edición de Borges "en exilio". Al menos a eso tenemos, por ahora, derecho.

 

Cr éditos       

Abadi, Marcelo. "Siete noches y un error". Variaciones Borges 8 (1999).

Balderston, Daniel. The Literary Universe of Jorge Luis Borges. An Index to References and Allusions to Persons, Titles, and Places in His Writings. New York: Greenwood, 1986.

Bern ès, Jean-Pierre (ed.) Borges : Œuvres compl ètes. édition établie, pr ésent ée et annot ée par Jean Pierre Bern ès. 2 vol. Paris : Gallimard, éd. de la Pl éiade, 1993, 1999.

Fishburn, Evelyn & Psiche Hughes. A Dictionary of Borges. London: Duckworth, 1990.

Helft, Nicolás. Jorge Luis Borges: Bibliografía completa. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1997.

Isbister, Rob & Peter Standish. A Concordance to the Works of Jorge Luis Borges. 7 vol. Lewinston: Edwin Mellem, 1991.

Lafon, Michel. Borges ou la r éecriture. Paris : Seuil, 1990.

Louis, Annick. Bibliografía cronológica de las obras de Jorge Luis Borges. The J. L. Borges Center for Studies & Documentation. On line: http://www.borges.pitt.edu/louis/main.htm.

Meneses, Carlos. Poesía juvenil de Jorge Luis Borges. Barcelona: Olañeta, 1978.

Scarano, Tommaso. Concordanze per lemma dell’opera in versi di J. L. Borges. Con repertorio metrico e rimario. Viareggio: Baroni, 1992.

Scarano, Tommaso. Varianti a Stampa nella poesia del primo Borges. Pisa: Giardini, 1987.

 

 

 


First Publised as "Editar a Borges". Punto de Vista 65 (Dic. 1999) 


       
 

© Borges Studies Online 07/04/00
© Ivan Almeida - Cristina Parodi


How to cite this article:

Ivan Almeida & Cristina Parodi "Editar a Borges"  Borges Studies Online. On line. J. L. Borges Center for Studies & Documentation. Internet: 07/04/00 (http://www.borges.pitt.edu/bsol/eab.php)

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